Emilio el moro
Emilio el moro
Emilio el moro

Homenaje de Antonio Burgos: Romance para Emilio El Moro

Jamala, Jamala, Emilio, moro de la morería.

 

Jamala, jamala, dicen los camellos de Melilla,

 

los transistores de Ceuta y el < ferry > que va a Algeciras

 

con esos moros que huelen como tú sabes que olían.

 

Jamala, jamala, Emilio, te ruego que me permitas,

 

que te cambie por romance el ritmo de esta

 

casida legionaria de Dar Riffien, como tú te merecías,

 

porque me dicen que has muerto y que no has muerto de risa.

 

 

 

Igual que en aquellos años tú a Manolete cogías,

 

y campanas de Linares en filetes convertías,

 

que le cantaste a las hambres que suben de Andalucía;

 

igual que en aquellos años, ay, noches de nevería,

 

permite que a tu manera esté mi casida escrita,

 

que el día que tu naciste, grandes señales había,

 

que la mar estaba en calma, ni un carabinero había,

 

pasaron de contrabando todo el Chester que querían.

 

Moro que en tal signo nace debe alegrarnos la vida,

 

con su chilaba de pega, con fez de guardarropía

 

y con la mueca del hambre disfrazada de sonrisa.

 

 

 

Cuentan que fue en Alicante, que estabas en la cocina,

 

que encendiste un cigarrito y que, como el gas salía,

 

aquello dio una explosión más grande que en Hiroshima.

 

Tú me perdonas, Emilio, que me lees desde arriba

 

comiendo pinchos morunos y cantando por Farina;

 

tú me perdonas que cuente tu muerte, porque ella misma

 

es la mejor de las letras que tú escribiste en tu vida.

 

La muerte de Emilio el Moro a Emilio se parecía,

 

que nunca salió la muerte, niño, tan favorecida,

 

una muerte de Piyayo que puede mover a risa:

 

lo caro que está el tabaco, que a ti te costó la vida.

 

 

 

Jamala, jamala, Emilio, moro de la morería, ay,

 

el recuerdo en la radio que siempre estaba encendida,

 

que nunca un moro en Andorra cantó como tú lo hacías,

 

con la ovejita lucera, ay, relicario de risas,

 

que la placa que pidieras, Radio Andorra la ponía

 

en homenaje a tu novia o en recuerdo de tu prima,

 

ahora escucharán ustedes para un señor de Galicia

 

y en versión de Emilio el Moro la < Novena Sinfonía >.

 

A todo cambiaste letras, a todo lo que podías...

 

casi, casi el < Cara al Sol > metiste por alegrías,

 

que tú eras < underground > como los < progres > dirían,

 

y para más suerte tuya, ni tú mismo lo sabías.

 

porque salían cantando primero Rafael Farina

 

o la Niña de los Peines, que peines sí, pero ¿niña?.

 

Por lo mismo que lloraban aquellos grandes artistas,

 

que si la madre y la cárcel, el hospital y la vía,

 

era por las mismas cosas, que tú reír nos hacías,

 

que la vía era del tren y el ferrocarril venía cargado

 

de chuletones, de jamón y ensaladilla.

 

 

 

Jamala, jamala, Emilio, adiós, coplas de sonrisa...

 

Ay, Moro, cuando imitabas la voz de Antonio Molina,

 

macetero que llegaba y que el tío no se iba...

 

¿Tú no ves, Emilio, como sin que yo mismo lo diga

 

nos enseñaste a ver el mundo con tu pupila?

 

Verás cómo un día de estos en < El País > te dedican

 

un estudio tan profundo que hay que tomar aspirinas.

 

Fuiste grande entre los grandes, espejo de humor y cima.

 

Cómo has muerto, no lo sé; te digo lo que decía,

 

nunca te salió una copla tan redonda y tan divina,

 

que está tu muerte ha tenido la estética que tenías,

 

un esperpento de España que Valle lo firmaría,

 

chafarrinón de tragedia: tú, de hoguera alicantina.

 

 

 

Por eso, jamala, jamala, permíteme que te diga

 

que el día que tú has muerto, grandes señales había.

 

sin que nadie la encendiera la radio estaba encendida

 

y sonaba en radio Andorra la placa que te dedica

 

esa España que cantaste, el hambre con alegría,

 

el sueño de tu chilaba, la libertad de tu risa.

 

Y bala en la placa, Emilio, la historia de una ovejita

 

que cambió por tres filetes su collar de campanillas,

 

como yo cambie en romance, ay, Emilio, tu casida,

 

que cantan los pies de un moro que va de Francia a Algeciras.